¿Pensamos como hablamos o hablamos como pensamos?

En las últimas semanas hemos repetido en varias ocasiones que el idioma está vivo, algo que se demuestra continuamente en la manera de adaptarse a los avances y a las necesidades de la sociedad y de sus hablantes. Algunas de las formas en la que lo hace es por medio de la introducción de nuevas palabras o por la flexibilización del uso de extranjerismos para mostrar la realidad de un mundo cada día más globalizado.

Pero ¿es la sociedad la que hace a la lengua o es la lengua la que hace a la sociedad?

Lengua y realidad: dos caras de la misma moneda

Uno de los debates más controvertidos de la Lingüística tiene que ver precisamente con la relación entre una lengua y la realidad de la sociedad en la que se habla. Es decir, ¿modificamos la manera de expresarnos a medida que cambia la sociedad en la que vivimos o cambiamos la realidad en la que vivimos por medio de la lengua?

A priori, esto puede parecer un sinsentido, pero lo cierto es que es una duda mucho más acertada de lo que creemos en un primer momento. Cada día que pasa es más evidente que la lengua vive en los hablantes, ya que son estos los que determinan mediante el uso el futuro de una determinada palabra o expresión, pero lo cierto es que la lengua también desempeña un papel fundamental en nuestra identidad personal y cultural. A fin de cuentas, la lengua afecta de manera activa a la comprensión del mundo que nos rodea y de nuestras propias circunstancias como seres vivos.

Significante vs. significado

Una de las primeras cosas que aprendemos en clase de lengua es que cualquier idioma está formado por significantes y significados.

Tal y como recoge la RAE en su diccionario, un significante es un «fonema o secuencia de fonemas que, asociados con un significado, constituyen un signo lingüístico», mientras que el significado se define como un «concepto (‖ representación mental)».

Es decir, todos los hablantes de una lengua compartimos un código lingüístico con una estrecha relación entre las palabras y las realidades que designan. El lenguaje cobra así sentido y nos permite comunicarnos, de forma que todos somos capaces de asociar la imagen mental de un vaso a la palabra que la designa.

Con todo, este ejercicio mental depende en gran medida de la sociedad y de la cultura en la que se incluye el hablante. Un ejemplo claro es la palabra «tortilla» o incluso omelette y sus múltiples connotaciones en función del país en la que se utilice, ya que todos sabemos que no designan las mismas realidades en España, México, Francia o en incluso en Estados Unidos.

Entonces, ¿piensas como hablas?

Un padre y un hijo viajan en coche. Tienen un accidente grave. El padre muere y al hijo se lo llevan al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia.

Llaman a una eminencia médica, pero cuando llega y ve al paciente dice: «No puedo operarlo porque es mi hijo».

¿Cómo se explica esto?

Probablemente te suene este acertijo que se hizo viral hace unos años cuando lo publicó la BBC  para poner de manifiesto la forma en la que la conocida como «parcialidad implícita» puede afectar a nuestra forma de interpretar un mensaje.  Si no has conseguido dar con la respuesta, no te preocupes, ya que en su día tan solo el 14 % de los participantes en el experimento fueron capaces de concluir que la eminencia médica del acertijo no era otra que el otro progenitor (que no necesariamente tiene por qué ser una mujer) del accidentado.

Pero ¿qué es la parcialidad implícita? Se trata de un sesgo generado de forma automática en nuestro cerebro con origen en la primera infancia, cuando los niños descubren el mundo que les rodea y se crean asociaciones neuronales que relacionan recuerdos y conceptos de forma inconsciente. Según el psicólogo Daniel Kahneman el cerebro dispone de dos sistemas de pensamientos: uno intuitivo y rápido y otro que sirve para el razonamiento formal. El primero de estos dos sistemas estaría detrás de la parcialidad implícita y de nuestros prejuicios.

Este acertijo pone de manifiesto un problema persistente en nuestra sociedad, ya que es nuestro cerebro inconsciente el que se encarga de la mayor parte de nuestro pensamiento diario. De este modo, debido a que estadísticamente hay más cirujanos que cirujanas, muchas personas ni siquiera se plantean la posibilidad de que sea la madre del accidentado la protagonista de nuestro acertijo, puesto que simple y llanamente no asocian a las mujeres con este puesto de trabajo. Esto es algo que de hecho también se observa en los centros educativos, ya que el porcentaje de niñas que escogen profesiones como piloto, albañil o futbolista como su profesión ideal es prácticamente inexistente porque sencillamente no lo consideran una posibilidad.

Ahora que lo sé, ¿puedo hacer algo?

Cambiar nuestra forma de hablar para que represente nuestra idiosincrasia es mucho más difícil de lo que podría parecer en primera instancia. Después de todo, para cuando queremos tomar cartas en el asunto, ya hemos interiorizado muchos de estas asociaciones mentales de forma que nos salen de forma prácticamente inconsciente. Con todo, eso no quiere decir que sea imposible.

No existe una solución universal para acabar con este problema, pero una de las más útiles es tomar consciencia de nuestra forma de hablar y de manera premeditada hacer lo posible por visibilizar los colectivos menos representados en nuestra lengua. Sí, eso es, hablamos de lenguaje inclusivo, un término que conscientemente hemos tratado de evitar hasta ahora para intentar en la medida de lo posible que nos acompañaseis hasta el final de esta noticia sin todos los prejuicios con los que suele cargar. Dicho esto, no, no estamos diciendo que tengamos que hablar de «albañilas», pero sin duda es muy necesario modelar nuestra realidad de forma que dentro de «albañil» haya cabida tanto para un hombre como para una mujer.

Por este motivo, quizás en un principio el cambio pasa por expresar esas desinencias de género de forma clara para que poco a poco se vayan haciendo un hueco en nuestro imaginario colectivo. A fin de cuentas, somos porque existimos y existimos porque somos y constatar la existencia de una realidad es la forma más rápida de visibilizarla. El objetivo no es llenar el idioma de un compendio de dobletes que dificulten la comunicación, sino alcanzar un futuro en el que la realidad que designan nuestras palabras sea lo suficientemente amplia como para que este no sea un debate necesario.


Hasta aquí llega nuestra pequeña introducción a la relación entre lengua y realidad, al lenguaje inclusivo y a la forma en la que un idioma puede repercutir en nuestra forma de ver el mundo.

En las próximas semanas os hablaremos con más detalle del lenguaje inclusivo y de la forma de utilizarlo de la manera más natural posible, tanto en español como en inglés. Si os interesa el tema, no os perdáis las actualizaciones de nuestro blog.

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